Noelia descansa sus manos debido al prolongado esfuerzo de sobrepasar la rugosidad de los pasillos de ese hospital que desconocía lo que era un encerado o bien una orden de trabajo precisamente para la zona destinada a las terapias. El joven médico risueño, siempre con la camisa interior celeste y para la ocasión rayada; más allá la enfermera con la tablilla que pareciera que impusiera su ley de silencio sobre el pabellón. No obstante nadie quiere estar ahí, mucho menos sus manos que conforman desde hace mucho, el sentido de su vida.
Fuera del nosocomio, unas señoras a quienes varios lustros atrás tuvieron un encuentro vocacional con su escatología; continúan levando plegarias y rezos a la puerta de acceso. Ni siquiera, una imagen maternal o bien divina se yergue ante ellas y sus intenciones. Hay un mecanismo que las mueve pronunciar sus oraciones, un mecanismo que se pregunta ahora si más allá de la vida hay otro sentir. O es sólo el hecho que queremos un único y duradero momento para concretar nuestra dicha; y sin apoyo.
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