Me levanto muy temprano. Pruebo el primer café de la media docena de similar cantidad con los pendientes de clientes: Una cotización. Una estimación. Una reunión. Natassja a lo lejos me observa, me compadece. Sabe de mis ojeras de pronto, de mi gusto exagerado por el café y de la programación que parece no terminar.
Hay sentencias que no deberían volver a escribirse o invocarse o desarrollarse en una misma área de trabajo. Y que así pueda reutilizarse o mantenerse mejor el sistema. La programación orientada a objetos, los sistemas distribuidos. Todo ello recae sobre mi memoria y la lógica que parece marearse como mi semblante y la pregunta a mi mente:
- ¿Por qué hago esto?
- ¿Todo bien Tobbias? . - Me alertó mi socio, luego de pensar en voz alta.
- Todo excelente, era la letra de una canción. - Atiné a decir.
- Llegó un correo de la cementera. Date un salto por allá. - Concluyó mi socio.
En el camino, nuevamente ella o ellas. Resonando libres, con atuendos cortos, felices y húmedas. Raudas y risueñas. Enérgicas y dóciles para cuando registran sus cambios de voz o de tono; en sus canciones. Yo en cambio, sumido al sueño, a la responsabilidad y a la sola idea de que esto es una preparación para algo mayor. Y eso algo mayo era lo que quería descifrar.
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