sábado, 12 de septiembre de 2026

Éranse una Vez mis Ojos

Me indican que se encuentra en ese lugar. Y no me refiero a Gloria Grande, sino bajo ese camión detenido que mantenía sus luces intermitentes mientras la noche ponía a prueba la paciencia de otras decenas de vehículos que venían detrás. Hay algo recubierto en una bolsa y en mi palpitar siniestro, emerge una forma de corazón que proyecta a mil por hora el nombre de mi hija. Pero increíblemente no me detengo y me acerco a los dos efectivos policiales que en señal de reverencia dejan una de sus manos libres; preparándome para lo peor. 

Centenas de años atrás, esta misma sensación se producía en los ojos de mi tatara tía abuela, presenciando con horror como arrancaban de a pocos la vida de su esposo como de sus hijos; y pero por una bandera que los terminó por dejar solos. Por un ideal que tenía un opositor con toda la fuerza de represión que le dotaba la historia y la corona. Pero eran esos ojos los que brillaron por un futuro y los que lo llevaron a la inmortalidad.

Pero ahora, en cuanto los míos. Que venían agotándose desde aquel número identificado como Comisaría Santa Clara; y que ya me anticipaba lo peor. Con un Lo lamento Señor, pero tiene que acercarse como familiar es parte del procedimiento. Dejé todo. Salí raudo, invocando a Dios al que tanto fallé y que dejé de lado desde niño. Sólo pedí que se tratase de un error. Que hay gente a diario que se accidenta y puede ser confuso. Que los pantalones de las chicas de hoy en día no tienen bolsillos; que al usar la casaca se pudo caer un documento y ni cuenta llegó por donde un accidente.

Cuando le llegó el turno de expirar a Micaela, mi tatara tía abuela; dicen que experimento la calma. Aunque más tarde una turba hizo despojos de su cuerpo. Conmigo sucedió al revés. Mi cuerpo optó por descubrir aquello que ocultaba esa bolsa; y sólo quería buscar sus ojos. Mi alma en mil pedazos intentó salir como sea por mis ojos y sólo pedí quedarme ahí por siempre. Para no separarme de esos ojos; mis ojos.


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