Cada mañana seguía una rutina peculiar. En mi nueva ciudad. Y sólo. Aún no llegaban mis pasantes. No tenía Carta de Presentación alguna en las universidades locales. La mía, sólo para recordar, quedaba a dos mil kilómetros. Esto era volver a empezar. Y claro, volviendo a lo de la rutina. Aquí enumero las actividades que constituyeron esos, primeros de muchos días.
Abrir el ordenador portátil y revisar uno que otro correo de algún primer contacto o negocio que se concretó publicitariamente. Aún me encontraba alejado del objetivo principal que era la capital. Pero iba de evento en evento buscando hacer eso contactos que tanto andaban buscando instrumentación o software para sus gigantes artefactos que prometían una segunda llegada del hombre a la luna.
Pero las respuestas no eran tan rápidas. Así que el siguiente paso era no atormentarse y continuar con un jugo rápido para luego trotar o correr por una hora. Conocía las calles, los puentes, los parques, los accesos a las autopistas; pero sobreviniendo el pensamiento que habría que regresar y hacer unas llamadas telefónicas hacia anexos o extensiones de teléfonos. Hacia asistentes o ejecutivas. Secretarias de gerencia enumeradas alfabéticamente.
Entre tanto, el tiempo siguiente, iba desarrollando productos, probando instrumentación, desarmándo artefactos y buscando componentes programables. Cierta vez, mientras reciclaba basura electrónica. Uno de los acopiadores, a mi parecer el menor de todos los que pude reconocer hasta el momento, me dijo que de preferencia no echara los provistos de una cubierta negra, Porque dentro de ella hay lógica de programación que podría reconocerse si hubiera un conector a fin. A la semana siguiente, contraté a este acopiador. Es cierto, no tenía contrato, ni sueldo de momento, pero tenía acciones. Conocía personas del mundo electrónico. Y lo que es mejor. Ya no estaba sólo.
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