Bajo la calentura del momento una rolliza y abnegada madre soltera que oferta chanfainitas, exclama toda clase de maldiciones sobre el motociclista que acaba de impactar sobre un perro. Este último luego de cinco segundos en el aire y algo atontado por el golpe, cae pesadamente sobre una acera fresca; los de luzdelsur acababan de rellenarla luego de dos jornadas de trabajo. Muchas conexiones clandestinas, le decía uno de los trabajadores a esta vendedora de comidas, quien estaba hecho un manojo de nervios porque nunca había visto a un ser vivo volar por los aires. Y tanta fue la impresión que decidió cortar aquella visión a los tres segundos, para cuando el animal ya enmarcaba un sentido parabólico en su desafortunado trayecto. Y al mismo tiempo que decidió cerrar su puesto y volver a casa, para prevenir una descompensación.
Yonaiker. Un amante de la velocidad y con desmesurado cuidado por los tres modelos de wanxin que ostentaba; gracias a sus negocios. Y era lo único que se animaba a divulgar; es decir su destreza y sus maniobras nocturnas por la vía evitamiento. Porque la envidia es grande; nadie te reconoce. No existen los favores. Esto es mi diversión, sabes. Lo que nunca supo, tal vez por la premura de su vida, o los negocios o de sus vicios ultramotores; es que para manejar en el país que lo acogía era necesario una licencia y lo segundo contar con un seguro obligatorio contra accidentes. Nadie en su entorno se lo comentó tampoco; porque en dicho entorno recobraba en vigor o en negrita la palabra ilegalidad. Y fue así que en una circunstancia de tantas esas que el vive mientras transita o transita mientras vive a más de cien por hora; se percata que súbitamente los carenados de su tesoro son impactados y desprendidos en segundo por una masa viviente y que luego de emitir un aullido seco sale disparado por el aire. Él no lo podía creer.
A don Aparicio lo jubilaron antes de tiempo, decían sus vecinos del barrio Infantas en San Martín. Pero se salió con la suya, decían otros. Se trajo al perro que le ayudaba en la vigilancia. El perro fue bautizado como Bertello, algunos decían que por recuerdo de su juventud que iba a la discoteca de nombre Bertoloto. Pero el mismo jubilado (contra su voluntad), contaba que fue en una avenida con ese nombre donde uno de sus antecesores lo encontró solo y sarnoso; buscando comida. Y bueno el perro ya tenía su edad, es decir doce años. Pero tenía una particularidad, siempre volvía a su posición de vigía llegada las dos de la tarde. Obviamente que cuando jubilaron a su compañero de trabajo humano y este lo llevó consigo, como parte o integral de su liquidación; Bertello regresaba donde él, sea en su casa o en otro cachuelo por ahí. Porque total el dueño tan viejo no era.
Y pero llegó ese día en que demoró más de la cuenta, apenas quince minutos. Se puso en su posición habitual. Efectivamente, fuera de la casa de don Aparicio. Se le notaba distinto, como más jadeante de lo habitual. Cojeaba también, y tenía en el lomo una herida que le provocaba un sangrado que de haberse tratado de un niño; sería necesario haberle llevado a emergencias. Pero, Ya está, como diría Yonaiker. A seguir con la vida. Porque el deber estaba más enfrascado en la mente de Bertello casi en la misma o mayor proporción que el mero deleite para con su intempestivo e indocumentado agresor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario