Mirarla, no era obsesivo. Era obligatorio. Su pelirrojiedad, sus movimientos, su voz. Era indiscriptible. Llegué al punto de cantarla. Y claro, estaba también en primera zona. La podría ver y ella a mí. Su compañera también estaba muy presta y resuelta para con su espectáculo. Sé también que detrás de mí hay como setenta mil almas. La mayoría hombres me supongo. ¿Gays? No me interesa, yo no lo era.
Pero el que se apoyaba contra mí, sí parecía. Por momentos detenía su mirada sobre mí y levantaba las cejas como si me invitara a la amistad o era de pronto un código de saludo o clave que sólo ellos conocían. Premiando a su insistencia y a la traducción correcta de su autodeterminación, le correspondí con una sonrisa. Entonces se terminó de acercar. Y comenzamos a gritarnos, porque era la única forma de poder comunicarse.
- A mi me encanta. La amo. - Me señalaba a la compañera de mi pelirroja musa.
- Es lindísima, sí. Pero prefiero a ella. - Me animé a señalarla. Cosa que no tenía acostumbrado a hacer.
- Pues, te acaba de mirar. Nos está mirando. - Me sorprendió con el aviso.
- Dios, es cierto. ¡Hola! - Grité, y sentí como se me iba la voz.
El evntual amigo, se concentró ahora en el performance de uno de los tecladistas. Ese ligero saludo, hacia nuestro lado, me cambió el esquema. Me motivó. Y terminé abrazando a los que me rodeaban del público y mientras cantábamos. Estaba en un lugar privilegiado y me sentía así. Mañana volvería al trabajo, a la rutina, al cientifismo de la computación llevado a la práctica. Y bueno, la feria. Que se ponía interesante.
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