viernes, 23 de enero de 2026

Y Queriendo Conocer

Aquel verano, no pude continuar estudios como el resto de mis compañeros. En realidad eran cursos complementarios o generales, ajenos a mis predilectos y asociados a mi carrera: Ciencias de la Computación, qué marciano suena eso. Sí, ¿verdad?, ¿Cómo te llamas?. Soy Manuel, pero me dicen la Momia. Mucho gusto, Tobías de...Sí, de ciencias de la computación...¿Lo repito mucho verdad?.

Eso, se podría decir fue un primer diálogo con uno de los tantos chicos seleccionados de fútbol playa. Pero fue tan breve, como un darse cuenta de no haber llevado bloqueador solar y al punto de sobarme cada cinco minutos el rostro o los brazos que me andaba quemando: Hola, acá hay sitio en la sombra, por si vas a hacer barra. Muchas gracias, me llamo Tobías. Silvanna. ¿Eres de la selección?. Sí, te veo seguido por acá, pero no juegas. Sí, no tengo mucha práctica, aparte estudio. ¿Qué estudias?

En ese momento, no imaginaba que de manera gradual un ser sociable afloraba en mí. Y en parte porque ya tenía cierta experiencia en el mercadeo por alguna pasajera incursión en el rubro de la enseñanza. Entonces, me preguntaba a la velocidad del sonido, cómo continuar con el diálogo. Se ponía bueno. Silvanna, se veía mayor que yo. Supe que tenía un auto. Hubiese querido que sea la más bajita del grupo de la selección. Pero me tocó ella, así que continué.

Estudio Ciencias de la Computación. Dios, hasta acá llegan esos cometas. Jajaja, estuvo bueno eso. Eres todo un marcianito Tobías. El gusto es mío. Bueno, ya me toca jugar y que bueno que siempre vengas a apoyarnos. Gracias son todos muy simpáticos. Y tu un encanto, cuídate del sol pequeño. Aquello de pequeño, probablemente fue por la edad. Bajito no era. A las próximas visitas seguí su consejo con el tema de las gorritas y los bloqueadores, pero ya no me pude acercar mucho a sus gradas. Ya comenzaron a entrenar en serio para su campeonato. Me quedé con las ganas de conocerlos. Y así acabó el verano.


jueves, 22 de enero de 2026

Azul Destino

Ella prepara su casco por segunda vez, se asegura de que el lado cobertor facial no brille mucho por efecto del sol, porque podría durante el trayecto minimizar la visión. Ella sabe que no puede confiar en Gabriel, dado que vienen aplicando multas a partir de las diez de la noche. Constantemente, como una madre preocupada, se lo recuerda; y que por favor no olvide tener cuidado con los camiones y los microbuses que no creen en nadie.

La mañana del jueves y dirigiéndose al norte, muy temprano, pasa por un cerco policial que desvía el tráfico producto de un cadáver que un par de horas atrás, mientras vivía, había acelerado más de la cuenta y sin percatarse de un rompe muelle perdió el equilibrio. Llegada a su destino, ella besa al hombre con ternura, le dice una frase bonita al oído y comienza a desvestirse con calma. 

Cuando ella ama, el mundo se detiene un poquito. Se toma su tiempo mientras mira a su hombre, desde la pelvis de este y con una ligera segregación en tanto acciona su mano derecha; continúan las miradas y previos a un beso. Durante unos minutos, ella se aferra a su cuerpo y siente al de su amante, tibio, suave y circundante. Luego le pide que se retire despacio porque tiene una particularidad genital que la hace más joven e inexperta de lo que aparenta. El ya terminó entre tanto.

Hablan de cuentas, de cuanto le dejaron en el mercado aquellos puestos y que el cabecilla había hecho los cálculos y más o menos correspondía la cantidad que escribió sobre un papel toalla. Ella no pierde su sonrisa, permanece segura y hace un ademán de contestar el número o mensaje, entre leyendo un párrafo que sólo existe en su imaginación y que la hace interesante frente al criminal con que se había acostado hace unos minutos. Ambos nerviosos y cómplices acuerdan el medio de transferencia. Ella termina de recoger sus prendas y el sobre con el cupo acumulado y que irá para el padre de sus hijos: y con quién no vive a pesar de sus ruegos. Alude que como siempre es un gusto y decide volver a casa; donde le esperan su hijos. Extrañamente en su camino distinguió que el cielo estaba más azul de lo normal.

Lince, 20 de enero, del 2026

sábado, 10 de enero de 2026

Solo Como el Jazz

Nadie pregunta por mí, de hecho la atención está por otro lado. Y claro, me siento en medio de instrumentos que rompen el silencio de un bar. Pero esa canción, que venía de la radio con nombre espacial, resonaba y parecía que era imponente por ese dúo. Imaginaba que el bus aumentaba de velocidad, provocando que mi cabellera se impulse libremente, al menos por ese momento en que no tenía que liberar absolutamente nada.

Porque tan solo, como una pieza de jazz me dirigía a una muestra gratis de verano cortesía del bus de la universidad. Nadie preguntaría qué hago ni qué estudio, ni de dónde vengo. Por si acaso, Estudio ciencias de la Computación, por si alguien quería empezar conversación conmigo. Ese alguien que no llegó y que supe direccionar a la música de la radio. Un dúo. Sí, y una pelirroja.

Vendrían ocasiones similares, tránsitos y vistas similares. De la universidad a la playa, y claro la misma radio y la canción del momento, hasta que haga su aparición alguien interesado por mí, para yo responder con un Hola, estudio Ciencias de la Computación.

Festivo y Café

Crecemos y es el efecto del café que nos mantiene vivos ahora. Nos despierta, nos alerta y nos activa. Es como empezó precisamente el día de Sofía. Junto a su mochila con un minúsculo computador y una agenda diario, se detiene ante el mostrador y extrae una tarjeta de awards para indicar al dependiente que viene a canjear su café, cortesía una acumulación de estrellas.

Años, muchos atrás, sus padres se conocieron en una cafetería. A miles de kilómetros de ahí, el abuelo de Sofía llamó a su madre aquella vez y ante una primera respuesta de incomodidad de su hija, continuó la llamada frente a la sonrisa de tranquilidad de su futuro yerno. Que hay tanto que contar a veces entre padre e hija; que no importa el momento. El café continuó y ambos se miraban uno al otro sonrientes e interesantes como sus tarjetas de débito. Así comenzó todo. 

Mas Sofía no espera a nadie, ni se verá con nadie. Y ese encontrarse, es lo que la mantiene viva y activa, como la joven apasionante y becaria que es.


Lince, 10 de Enero del 2026

Camino a la Arena

¿Cómo empezó todo? Yo no sabía quien era, hasta que la escuché. Cantaba a dúo y tampoco sabía que era pelirroja. Había un estribillo que aludía a un poder femenino emergente por aquellos años. Comienzo del 2000. Y claro, yo comenzaba a estudiar y atender lecciones que más tarde me ayudaría a convertirme en un hábil creador o un próspero empleado.

Me llamo Tobías Dvorkin y comienzo esta historia de mi tercera etapa de la vida, o universitaria como la quieran llamar, camino a la arena, donde se disputarías los entrenamientos de fútbol playa. Claro, sólo acompañaba porque me agradaba ver a las compañeras de otras facultades incursionando en el fútbol playa. Hasta que sonó esa canción, camino a la arena. Digamos, que conocí su voz.

jueves, 14 de agosto de 2025

No Soporto al Potter de tu Novio

Tú me decías que mientras sonría, todo alrededor estaría bien. No imaginaríamos nunca que esa cabrona pipa se vendría abajo. Pero eso es otra historia. 

Es el cuarto turno de plaquetas y alrededor el olor de pomadas ya se contuvo finalmente, dando paso a una estela de esperanza o triunfo de la ciencia como lo quieran llamar.

Empero tú eres mi cuate, desde aquel momento en que me alcanzaste un pañuelo, que nunca fue tuyo, seguido de ese: Yo tampoco soporto al Potter de tu novio. Y mi llanto quedito se convirtió de pronto en una sonrisa y te pregunté tu nombre, Manuel que chido,  y gracias por el pañuelo. Y desde ahí pues güera y cuate para toda la vida.

Recuerdo que de tantas veces, que la chingona vida me ponía en aprietos a mi o a mi Potter, llegabas tú como un ángel. Y yo te decía: Y para cuando la novia, mira que ya muchas me preguntan, A poco, Pues sí. Tan inocente, y qué te puedo decir pues que la vida nos puso juntos. Y que si no fuera por mi novio, pues quién sabe.

Que ya le dijiste, esa era tu frase de siempre. Y claro, yo ándele y ándele con las perdonadas al novio. Pues sabes, a veces tenía miedo. Y yo sé que el miedo a veces es bueno cómo tu dices, Pero y para qué tienes tremenda boca, acaso ¿no para sonreír? Todo va a estar bien. Claro, eso. Hasta que él se fue al Instituto a diez horas de aquí, imagínate. ¿Qué suerte, verdad? El seguiría estudiando. 

Y posteándose todo el rato el chingón ese, y yo te daba la razón en esa frase. ¿Por qué a veces los esfuerzos de los padres no son suficientes? te decía, A pues, a mí me ahorró la vida el conocer a uno de ellos qué más,  Y te daba la razón en eso, pero más porque luchabas y siempre fuiste el primer en aprender las cosas de grandes. Cuando construiste tu habitación, cuando aprendiste a manejar o cortar el cabello, Yo elijo un oficio y me quedo pues de chofer. Y yo, Pues ándale, cortarme el cabello por ti ni de loca.

Tú también me decías, que mientras hay vida hay esperanza. Y seguro eso pasó por tu mente, cuando decidiste regresar a tu camión, que la gente no entendía y no por mensos; sino por esas llamas que hasta que a uno no los toquen, pues ni se mueve uno.

Acá los doctores aún no se lo creen, y yo menos. Ya descansas, y sólo sé que valió la pena todo esto: porque fuimos la güera y el cuate por toda la vida.
Paso por la avenida principal, hacia Leith. Sin saber que llegaríamos al mar. Pero juntos y sólo eso importaba. Ya habíamos sorteado el fuerte viento, ya habíamos saboreado esas inolvidables alitas con el sabor de una historia que no dejábamos de mirar, aun cuando subir al Castillo; nos podía dejar extenuados o aburridos. Pero estábamos esta vez de noche y por la avenida principal.

Seguíamos, andábamos y transitábamos en medio de una libertad que se nos confirió por obra de Dios y el destino. Sentimos el hambre y pasamos por un market en la calle Duke. Sólo seguíamos, y pero teníamos que regresar. Así que volvimos, reconociendo los giros, las avenidas y las luces que de a pocos se rendían a nuestra fugacidad. 

En ese transitar añorábamos las casas, las valorizaciones que si nuevamente, no fueran por los vientos, lo pensaríamos dos veces. Ese pequeño destello de futuro, no se veía tan malo después de todo. Porque seguíamos juntos y recobrando la luz de Edimburgo. Mientras lo volátil transcurría como un aviso de que para la próxima vez, sería conveniente seguir caminando hasta llegar al malecón del Mar del Norte.

Y Queriendo Conocer

Aquel verano, no pude continuar estudios como el resto de mis compañeros. En realidad eran cursos complementarios o generales, ajenos a mis ...