martes, 23 de agosto de 2011

XII – Cuadras de Aquí


- Ven, vivo a doce cuadras, sígueme.
- Estas preciosa

El ya era mío desde sus besos. Ahora yo lo invitaba a hacerlo inmortal. El camino no era tan largo definitivamente, pero requeríamos la ayuda de un Taxi. Cuando se detuvo uno finalmente, recuerdo haberle dado mal la referencia “¿Cómo que a doce cuadras, señorita?” “Disculpe, vamos de frente; pasando la Calle Manzanal”.

Su mirada me hablaba, su mirada me transmitía en todos los idiomas del mundo su instinto de deseo. Dejamos atrás el incidente del regateo, eran apenas las diez de la noche, eran apenas mis instantes más comprometedores y únicos y sencillamente míos. Estaba con mi príncipe, quien visitaría mi palacio.

Cuando llegamos al edificio, un saludo previo al vigilante quien nos miró incrédulo, un salto al ascensor y más besos y luego a mi departamento “No es la llave, sorry” Los nervios y después los besos. Sí, tenía un lindo saco de seda. Tenía que empezar necesariamente por ahí.

Interior D



Por aquí yace frío cerca de ella lo que no parece moverse más; porque aún no despierta. Estuvo mucho en esa posición extraña con él, él sobre ella, incrustando violentamente algo que salía de él. Ella ni se movía, ella ni renegaba de su tonta vida de secretaria mal pagada; porque él siempre estuvo con ella.

Tras la muerte de su acompañante, sólo le quedó negociar con el vigilante.” Se fue por la sobredosis, pero esto nos puede perjudicar.” No se veía nerviosa. Por fin salía del Interior D con la firme convicción de que ahora permanecerían para siempre unidos.

El recorría sus pensamientos, cada uno de ellos los llevaba irremediablemente a ella. Otros instantes llegaban a él como recuerdos de lluvia; perdiéndose en la inmediatez de la lascivia. Pero ella ahora se enfrentaba a él, ella reclamando a su hijo y el un pobre un fracasado más.

Porque el cumplía con sus días de labores, con sus preocupaciones de empleado mal pagado. Muchas veces se privaría del sueño para ayudar a su hijo en las tareas; mientras sentía la daga del deber apoderarse una vez más de su tiempo y de sus fuerzas. Pero él se mantenía en pie muy a pesar de todo.

A él no le importaba con quien se enfrentaría. Para él, el mundo es un puño cerrado que con ayuda de una pata de cabra podría abrirse. Tratándose de sus hijo el haría frente a la chica de las grandes orejas, que viene reclamando cigarrillos y la tenencia del menor.

Algo transcurre entretanto, alguien llega a él con noticias. La madre, sí aquella provista de traje de overall y también de cigarrillos; acaba de internarse. Los cambios siempre llaman la atención; pero él no era tan inocente. “Hijo, ¿ qué te parece si nos vamos de paseo?”.

XI – Segundos Fuera de Mí



No estaba aún a mi merced. Sentía por momentos que me miraba como si fuera su profesional de ensueño o su hada madrina; como que estaba convencido de que yo lo transformaría en un ejecutivo en potencia. Pero él era mi insomnio, mi príncipe.

- ¿Ocurre algo? – Preguntó mientras se acercaba más a mí.

- No, en absoluto. Sólo notaba lo cansado que estás.

- Y dime entonces que sientes cuando hago esto…- Me volvió a tocar las manos.

- Por Dios, no hagas eso yo…

Y llegó el beso. Pasaron uno a uno los segundos; ya tenía sus ojos frente a mí. No aceptaba aún el cómo su rostro había llegado hacia mí. No tenía más que hacer, sólo dejarme llevar. Quería sus brazos, sentía su abrazo; su pecho hediondo de placer.

El me tenía a su merced ahora, me imaginaba tendida, desnuda y feliz sobre su cuerpo; y eso ya no me asustaba. Estaba embriagada de dicha, como hechizada. Entonces tomé su cuello con ambas manos e intensifiqué mi tributo de amor con mi príncipe ansioso.

lunes, 20 de junio de 2011

Cásate Conmigo Kate Winslet


La espera era incesante, era la cuarta vez que preguntaba del por qué de la demora y la dependiente, sin obviar su sonrisa de cuatro meses de cursos e impacientes; le respondía que había turbulencias. Ella no se explica cómo es que en Irlanda hay ese tipo de cosas. Constata nuevamente que el aviso de Prohibido Fumar este en su sitio. Quiere irse pero el vendrá en cualquier momento.

El la tomó con delicadeza, tenía el aliento a tabaco; había tenido un pésimo día. Ella sabía perfectamente a que se refería. Era como recordar esas molestosas llamadas de Kasey Brians de la revista Vogue, que terminarían en las largas sesiones de flashes y posturas, era horrible decía ella, esta vez encendiendo un cigarrillo aunque con la ayuda de su novio.

En el hotel todo fue distinto. La arquitectura de Dublín había influenciado también al Hotel no escapando de la elección de los artistas. Ya en la habitación por fin se abrazaron, solos y alejados de ese mundo tan superficial de las cámaras y los curiosos. Por fin desnudos se enlazaban a sus pasiones como dos niños entregados al juego. Ella volvió a encender un cigarrillo y sin ayuda.

Su novio echa un vistazo a la ciudad. Está desnudo pero a él parece importarle poco. Lentamente esa privilegiada erección sucumbía a la normalidad de su anatomía. El también quisiera acompañarla, pero prefiere ver el paisaje del que tanto habló James Joyce. De pronto voltea para seguir viendo a su musa, real y natural; ella sonríe como la niña de treinta y tres años que es.

Sus cabellos vuelven a recubrirse de transpiración, hay esta vez frenesí y algo de premura. Él despliega su vigor arremetiéndola de virilidad, penetrándola, dirigiendo su cuerpo y besándolo según el alcance de sus labios. Ella en cambio permanece quieta, contemplándolo según la postura que pudiera tomar; también es de besar y prefiere el amplio pecho de su profesional del modelaje. El tiempo transcurre lentamente, hasta que él se detiene.

A la mañana siguiente el revisa el diario. Hablan de ella y de su nuevo papel. Silba para llamar su atención y su amada se limita a hacerle OK con el pulgar enhiesto. Ella parece muy distraída con el diseño de la taza del cappuccino, al parecer ese tipo de detalles bien que le gustarían a Mía. Inicia entonces la llamada saludando a su hija, Buenos días mi amor.

Pero hay un amor que se desarrolla y se cautiva en ese hotel dublinés. Un amor que se entrega a las horas y que no se limita en lo absoluto. Como el desarrollado anoche precisamente. Ambos deseaban repetir las escenas nuevamente, era obvio que sin luces, ni directores, ni sonidistas, ni técnicos como el de Hudeos Kinsky; que llegaron a poseerla facilitando la venida de Mía al mundo.

Hay una llamada de Londres, la nana Rogers ha caído enferma. Es preciso adelantar el viaje. Él entiende perfectamente y se prepara para encender un cigarrillo. Al parecer la escena de México se vuelve a repetir. Entonces avisan para que le ayuden con las maletas.

Ambos salen con rumbo al aeropuerto. Ella llama a su agente, No podré estar. El chofer logra reconocerla, no si dejar de pensar en el tremendo éxito de la película de James Cameron. Ella revisa el nuevo mensaje de su hijo, este le cuenta que obtuvo un nueve en química, el curso que nunca agradó a su madre.

El la toma de la mano, la ayuda a bajar del auto, acomoda sus lentes y arroja la colilla del cigarrillo. Ambos caminan con prisa, se necesitan mutuamente, conforman el mundo que los ha tocado. De pronto esquivan a una curiosa de pésimo inglés, ella sólo se limita a sonreír y a levantar el pulgar como diciendo OK. El no parece decir nada, parecía que el Gracias estaba reservado para los labios de Kate. Parecía que aún no había superado el incidente de la turbulencia.

Ambos suben al avión, la gente continúa saludándolos. Hay algo en él que anima a la gente a no acercarse mucho. Quizás su fuerte aliento a tabaco o quizás por esa circunspección propia de alguien que había sido criado por una tía gorda aficionada a las cartas. Ahora él tenía la misión de proteger la intimidad de su amada, aunque el contexto les sea adverso. El avión despega, el viaje será cortísimo pero es la prisa lo que los mueve así por el mundo. Ella no suelta las manos de su novio.

Ella recuerda feliz el hotel dublinés y sus dos orgasmos. Ella piensa feliz en sus hijos aunque en parte preocupada por la nana Rogers. Ella constata que tiene la mano izquierda de Louis y que en la parte superior del corredor diga “Prohibido Fumar” y ante esta realidad finalmente suspira; aliviada.

X – Las Veces que Miré su Rostro


Estaba precioso. Su rostro brillaba como nunca y no, no quería que vaya al camerino, a la ducha o al bar para celebrar el triunfo; lo quería para mí así. Brillante, brillante y mío; como lo había deseado tantas veces, en el trabajo, en mi casa, en mi desempleo.

Apagué el teléfono, quería todo ese despliegue de músculos y sonrisas para mí; sin distracciones sin elementos cercanos y mundanos que me distraigan la vista. Había conseguido mi objetivo de tenerlo frente a mí y en short.

- Bueno y me vas a tener así. – Se quejaba el pobre.
- Quiero pedir algo, así que no te escapes. –le advertí al pobre.

Entonces escuchaba su apreciación del partido, de sus pases certeros, de su sólida contención y de sus geniales pases que había conducido a la victoria a su equipo. Quizás olvidando que ellos jugaron sólo con seis; de acuerdo a mi lógica de futbol 7. El seguía hablando hasta que llegó el jugo.

Siempre en servicio y atento para el momento de servir el jugo. Sus manos me volvieron a tocar y estaba segura de que comenzaba a lubricarme. Estaba precioso y radiante. Todavía no había tomado su baño pero ya era mío. Su hombre interior me lo decía.


El fuego había arrasado una hectárea de cultivo. Milagrosamente no habían muerto sus dulces aves que criaba desde hacía meses. Fue una tarde como nunca, increíble y desastrosa. Ahora estaba solo y aterrado con la posibilidad de empezar desde cero, de jugar con la nada y morir de pronto de la angustia.

Mientras andaba entre los escombros, mientras juzgaba el ardor de la quemadura de su brazo izquierdo, sintió que algo se movía y venía hacia él. Era una pequeña ave que acababa de nacer. Él

no supo si aquello era una señal divina o uno de esos animalitos que al principio suelen piar y que mas tarde, cuando adultos; cantar. Su pensamiento esta vez condicionó una sonrisa.

Acababa de despertarse .Acababa de percatarse que una lámpara se había estrellado en el piso y que el fuego se había propagado con ayuda del viento y su contubernio con el tiempo. Su entorno no era más que llamas y una atmósfera mortífera.

El director cortó la escena. Tenía que atender una llamada urgente aunque también se quejó porque no debió aparecer el pollo en escena. El actor principal aprovechó para hacer una llamada a sus padres “Todo salió afortunadamente bien, la escena salió estupenda y no se emplearon dobles” “OK mi pequeño” colgaron. Entonces soltó al pequeño pollo; ya nada tenía sentido.

XX - Decisiones y Otra Vez Solo

Estaba en mis intenciones el emprender por mí mismo. A partir del hecho de perder una oportunidad como tal. Seis meses después, vi un anunci...